Se conoce como Humanismo a aquel movimiento
intelectual, artístico y filosófico que tuvo lugar en el siglo XIV en la
península itálica, estrechamente vinculado al Renacimiento y que proponía el
retorno a una formación íntegra del hombre, en la cual todos los aspectos
remitiesen y estuviesen fundados a partir de las fuentes clásicas grecolatinas,
es decir, básicamente, su tarea sería la de restaurar todas aquellas viejas
disciplinas que tuvieron lugar en el espacio temporal que mencionamos adoraban
los integrantes de este fenómeno y entonces de esta manera, al conocerse y
comprenderse mejor a estos autores, a los que a propósito se los consideraba un
modelo de humanidad a seguir, puro y que no se encontraba contaminado por la
oscura y viciosa Edad Media.
El humanismo surgió como una imagen del mundo
al término de la Edad Media (Villalpando, 1992). Los pensadores humanistas
fueron entonces intérpretes de nuevas aspiraciones humanas impulsados por la
decadencia de la filosofía escolástica, cuyo centro de gravedad era la vida
religiosa y la inmortalidad ultraterrena. El humanismo vino a sustituir esa
visión del mundo con la reflexión filosófica abundante en productos racionales,
en la que primaba la idea del hombre como ser humano, verdadero e integral.
Así, a partir del Renacimiento se instaura un
nuevo pensamiento pedagógico: ideas y doctrinas de elevado sentido humanista
definen desde este momento el carácter y el valor de la educación, que adquiere
de ese modo las cualidades de liberalismo, realismo e integridad. En ese caso,
el liberalismo reconoce el valor de la persona del educando como la parte más
significativa en su formación tanto como la autenticidad del hombre. Dicho
reconocimiento se vuelve patente, entre otras formas, con la supresión de los
castigos corporales. A su vez, el realismo reconoce la naturaleza del educando
como punto de partida para su educación, además de tomar en cuenta el ambiente
donde éste se desenvuelve. Por último, la integridad se refiere a la amplitud
de la educación y a la consideración del educando no solamente como un ser que
debe adquirir brillo para su persona o para cultivar aquello en lo que tenga
capacidad, sino que también lo contempla como un ser con alma, como un conjunto
de potencialidades, las cuales es preciso hacer que se desarrollen.
De acuerdo con el paradigma humanista, los
estudiantes son entes individuales, únicos, diferentes de los demás; personas
con iniciativa, con necesidades personales de crecer, con potencialidad para
desarrollar actividades y para solucionar problemas creativamente. En su
concepción, los estudiantes no son seres que sólo participan cognitivamente
sino personas con afectos, intereses y valores particulares, a quienes debe
considerarse en su personalidad total.
Gobernar almas no es el propósito final del
docente humanista, sino formar a los estudiantes en la toma de decisiones
dentro de ámbitos donde prime el respeto a los derechos de la persona, y donde
lo justo y lo injusto, como dogma, se cuestione.
Para finalizar, se podría suponer que al
hablar de una educación Humanista, implica hacer referencia a aquel tipo de
Educación que pretende formar integralmente a las personas como tales, a
convertir a los educandos en miembros útiles para si mismos y para los demás
miembros de la Sociedad. En tal sentido es preciso considerar la enseñanza de
normas, valores y creencias que fomenten el respeto y la tolerancia entre las
personas; por lo tanto, sin estos conceptos claros, no podríamos hablar de
Educación.
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